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En el esquí, además, hay otra cuestión, y es que la perfección técnica es relativa; evoluciona, el entorno en el que se practica es muy variado y lo que hoy se considera correcto mañana puede no serlo, así como lo que es válido para unas circunstancias puede no funcionar para otras. Por poner un caso, el ejemplo evidente de la separación de los pies: Lo que sirve para los baches o la nieve honda no es quizás tan funcional en el hielo y, lo que nos decían en los años 70 se negaba en los 90, sin embargo, ahora, vuelve a aceptarse comúnmente que la separación de los pies es algo natural, que cambia de unos individuos a otros y que es susceptible de adaptarse a según qué circunstancias.
Pero volvamos a la búsqueda de la perfección técnica. El perfeccionismo está muy bien, es una fuente de energía que motiva a persistir en los objetivos, a comprometerse, a prestar atención a los detalles y a descubrir los aspectos no evidentes o escondidos de las cosas y, en fin, a alcanzar objetivos ambiciosos y rebasar hitos importantes. El perfeccionismo es un legado evolutivo, un mecanismo de supervivencia que nos ha permitido mejorar en todos los aspectos humanos a través de la Historia.
Pero el perfeccionismo, por definición, nunca deja satisfecho, y he ahí uno de sus principales peligros. Cuando éste pierde el contacto con la realidad y hace plantearnos metas demasiado exigentes, pasa de proporcionarnos satisfacciones a acercarnos a la frustración. Por ejemplo tengo un amigo entrenador que nunca está satisfecho con su esquí cuando, paradójicamente, todo el mundo admira su nivel, su personal estilo elegante y su pasión por el deporte. También, el perfeccionismo puede restar placer a lo que hacemos por la ansiedad y el miedo a no alcanzar la perfección en todo momento, y puede incluso "paralizarnos" si nos hace adoptar una mentalidad negativa de ”todo o nada”, por cierto, que está cobrando mucha popularidad últimamente con ciertos eslóganes extremistas para vender a los deportistas desprevenidos un modelo basado sólo en la competitividad hueca.
Pensemos, pues, en lo delicada que puede llegar a ser esta combinación de perfeccionismo extremo con objetivos técnicos que son relativos o que puedan cambiar con el tiempo. Imaginemos que los entrenadores de Vrenni Schneider en los 80 hubieran corregido su tendencia a esquiar con la cadera neutra (que en aquel tiempo podía verse por algunos como una rotación) o los de Lindsey Kildow en la actualidad, su angulación de la rodilla exterior sin mantener las tibias paralelas. Es obvio que ninguna de estas dos esquiadoras, como tantos otros deportistas con éxito, ha perseguido ciegamente la perfección técnica por si misma como un fin, sino que habrán buscado la excelencia deportiva por diversos medios, sin obcecarse en un modelo teórico ortodoxo y cerrado.
Y he aquí la cuestión. El esquí a cualquier nivel requiere de un equilibrio entre la técnica, la mente y el cuerpo. El perseguir una buena técnica es muy deseable en todos los sentidos, es una fuente de satisfacciones y puede ayudarnos a compensar debilidades en alguno de los otros dos aspectos. Sin embargo, el obsesionarnos con una técnica impecacble es poco realista y puede que, además, al restarnos el placer del proceso, de la aventura, de disfrutar el momento, de apreciar nuestros pequeños progresos empecinados en un fin demasiado ambicioso, nos haga incluso retroceder -